Las personas son el verdadero lujo

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Por: Luis Javier Álvarez Alfeirán, MA
Director General de Le Cordon Bleu México
lalvarez@cordonbleu.edu
twitter: @DirectorLCBMx

Como en la trama de una película, el mundo —como lo conocíamos— ha cambiado en el último año; quizás no como las cintas de ciencia ficción nos lo presentaban; con autos
voladores o ciudades suspendidas en el cielo, pero sí en nuestra forma de vivir. La pandemia de COVID-19 trastocó la esencia fundamental de nuestro comportamiento cotidiano y nuestra manera de relacionarnos. Las economías de todo el mundo han sufrido por decisiones que se tomaron pensando en la salud y la supervivencia del ser humano. Los autos de lujo, la ropa de marca y los restaurantes de moda cedieron su lugar al aislamiento, la vestimenta casual y la comida en casa. Las personas se confrontaron inesperadamente con una vida que habían abandonado ante el acelerado dinamismo de la modernidad.

Los tiempos modernos y la velocidad con que fluye la información de forma multidireccional
provocan un juicio social que no da lugar al error; la presión del éxito se condiciona
por la apreciación e inmediatez del espectador, y exige una respuesta muchas veces más
allá de las propias capacidades. La sociedad, en paralelismo con la idea de Zygmunt Bauman [1], se ha convertido en un torrente que arrasa cualquier posibilidad de reflexión y
cuyo destino puede derivar inevitablemente en un descontrol caótico. A pesar de ello, la
humanidad ha resurgido siempre de sus crisis; se han superado épocas oscuras, pandemias, guerras y totalitarismos; desastres naturales que parecían devastadores han dado origen a nuevas formas de vida. En la Ciudad de México, por ejemplo, no ha habido días socialmente tan esperanzadores como aquellos que siguieron a los terremotos. La razón, vista con mirada reflexiva, tan escasa hoy día, es simple: la persona humana.

El enaltecimiento del valor que tiene la persona humana es lo que debe fundamentar todo nuestro andar. La gastronomía, por ejemplo, cobra, gracias a ella, un valor cultural y social que sólo tiene sentido en la comunidad. El chef, involucra los valores fundamentales de su propia persona cuando cocina: su talento, su imaginación, sus convicciones morales, su visión estética, sus emociones, su inteligencia y su corazón. Lo que es como persona es lo que se refleja en sus platos y no sólo su formación culinaria. Pero, a pesar de su experiencia y de su habilidad técnica para transformar los ingredientes en verdaderas obras de arte culinario, su obra no tiene sentido si no hay un comensal.

La gastronomía, como escaparate de la cultura social, tiene un largo recorrido histórico que refleja el sentir de los tiempos y que ha sido plasmado de distintas maneras ya sea en el arte, en la literatura y por qué no, en el pensamiento filosófico. El verdadero valor de la gastronomía no está en la belleza de sus platos o en el diseño de los restaurantes, está en su impacto social, en su posibilidad de encuentro con el otro.

El auge de formas novedosas de vivir las experiencias abre el camino hacia una nueva
manera de ver la globalización. Esta se vive ahora desde la multiculturalidad; es decir, no
solo entendiendo la realidad global, sino experimentando en ella la riqueza local y cultural
a través de las personas.

El riesgo para Bauman es que el hombre ha perdido la capacidad de entender su individualidad en un mundo de estructuras constantemente cambiantes –líquidas-. Existen las sociedades, pero repletas de individuos aislados. Sociedades que no sólo no salvaguardan a los individuos, sino que se convierten en su principal amenaza. Una nueva enfermedad que se propaga cada día por medio de la incertidumbre hacia el futuro, la fragilidad y la inseguridad existencial.

Mientras no ocurra una «fusión de horizontes» [2] no se podrán compartir experiencias y por consiguiente no se podrán compartir espacios comunes. La comunidad será vista siempre como una utopía tan inasequible como alcanzable, –como un lujo. Esa fusión de horizontes puede darse en mayor o menor medida, desde la experiencia que aportan la gastronomía y el turismo que, respetando la tradición, miran hacia el futuro llenándolo de vida cuando se comparten con la familia o con los amigos.

La persona humana, gracias a la riqueza de su esencia, es la única capaz de crear comunidad, es la única capaz de dar valor a una sociedad en tanto en cuanto respete su  propia dignidad; el mundo moderno no puede darse el lujo de perder, en aras de efímeras ideologías o modas pasajeras, lo que verdaderamente tiene un valor incalculable: sus individuos, –todos sus individuos–. La persona humana, en su naturaleza individual es el verdadero lujo que hay que cuidar y atesorar.

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[1] Zygmund BAUMAN (1925-2017). Sus pensamientos se refieren a una modernidad líquida.

[2] Como lo expresaba Hans-Georg Gadamer en su libro Verdad y método

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